La trama de una película que Gabriel García Márquez escribió para Luis Buñuel
El argumento original de un proyecto cinematográfico de García Márquez que fue escrito especialmente para Luis Buñuel.
Entre 1963 y 1965, cuando se ganaba la vida como publicista y guionista freelance, Gabriel García Márquez concibió la trama original de una comedia romántica en la que tres mujeres pobres administran exitosamente una gasolinería. La tituló Es tan fácil que hasta los hombres pueden y en todo momento, desde que redactó la primera página hasta que puso el punto final, pensó que la película, si algún día se rodaba, tenía que ser dirigida por Luis Buñuel.
En aquella época, Buñuel era uno de los cineastas más reconocidos en lengua castellana y se movía en los mismos círculos culturales de García Márquez en Ciudad de México. Ambos artistas habían coincidido en el rodaje de En este pueblo no hay ladrones, adaptación cinematográfica de un cuento homónimo del escritor colombiano que se estrenó en 1964 y en la que Buñuel interpretó el papel de cura y Gabo el de portero de un teatro (otros escritores como Juan Rulfo y Carlos Monsiváis también participaron en roles secundarios).
Aunque entonces parecía un advenedizo en la industria de la pantalla grande, García Márquez ya había trabajado en varias empresas cinematográficas y estaba labrándose cierto prestigio como guionista independiente. En 1964, por ejemplo, escribió el guion de El gallo de oro junto a Carlos Fuentes y Roberto Gavaldón, y en 1965 participó en la producción de Tiempo de morir y Lola de mi vida, largometrajes dirigidos por Arturo Ripstein y Miguel Barbachano Ponce, respectivamente. De modo que la búsqueda de Buñuel para que se hiciera cargo de esta nueva historia no era una aventura descabellada. Sin embargo, el cineasta español dio prioridad a otras películas y el proyecto jamás se concretó.

La sinopsis de Es tan fácil que hasta los hombres pueden consta de diecisiete cuartillas escritas a máquina y de numerosas correcciones hechas a mano en bolígrafo azul. García Márquez la redactó en una Torpedo 18, la misma máquina alemana en la que había escrito los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande y en la que, unos meses más tarde, teclearía los primeros capítulos de Cien años de soledad. El documento, que actualmente se conserva en el Archivo de Luis Buñuel de la Filmoteca Española de Madrid, narra la historia de Meche, Licha y Anita, tres primas hermanas que se juntan por primera vez para reclamar la herencia de un tío que acaba de morir. Esa herencia consiste en una estación de gasolina, empeñada a un acreedor que espera quedarse con ella. Dispuestas a rescatar la gasolinería y producir algún dinero, las tres mujeres deciden hacerse cargo del negocio, una decisión que las llevará a vivir experiencias disparatadas y cómicas en las que también encontrarán el amor.
En el Centro Gabo hemos recopilado algunos fragmentos de esta historia poco conocida de García Márquez. Los compartimos contigo:
Tres chicas guapas, alegres emprendedoras, que a pesar de ser primas hermanas no se conocen entre sí, llegan a la capital desde distintos lugares de la provincia, ilusionadas con la situación de que un tío solterón les ha dejado una herencia.
Meche, la mayor, nacida en el norte es la más despabilada y moderna, y tiene ideas muy propias en relación con la superioridad de las mujeres sobre los hombres. Piensa que estos controlan el mundo por una casualidad histórica y que se mantienen en el poder por la fuerza, sin estar mejor capacitados que las mujeres para regir los destinos de la humanidad.
Lucha, probablemente la más guapa, es el carácter opuesto. Es romántica, enamoradiza, sentimental, y se siente satisfecha de que la mujer esté a merced de los hombres. Cree que la felicidad sólo se consigue con el corazón, y tratando de lograrla se ha vuelto experta en la canción y los bailes modernos, pues así espera ser más atractiva al hombre ideal.
Anita, la tímida, la despistada, cuya avanzada miopía ocasiona toda clase de equívocos y trastornos, no tiene ninguna teoría. Se conforma con no crear demasiados conflictos, y tratando de no crearlos crea los más complicados y divertidos. Así, sin darse cuenta, ha descubierto una buena fórmula para suscitar la atención y la simpatía de los hombres.
En la oficina del licenciado donde las tres coinciden para reclamar la herencia, y donde se ven por primera vez, hace una larga antesala que les permite comentar los sacrificios que han hecho para llegar hasta allí. Todas han quemado sus naves. Meche, que sabe algunas triquiñuelas legales porque ha sido secretaria de un abogado, renunció a su empleo sin indemnización y vendió su coche, pero se dio el gusto de darle con la puerta en las narices a un patrón esclavizante y voraz.
Licha, menos recursiva, sencillamente abandonó el trabajo estéril en una tienda de arreglos florales, con la esperanza de hacer un curso de decoración cuando reciba la herencia.
Anita, que nunca ha tenido un trabajo regular debido a sus constantes metidas de pata, consiguió con un amigo de la infancia que le prestara sus ahorros para pagárselos cuando regrese con la herencia.
El licenciado es un vejete rechoncho, casado con una mujer más agria y autoritaria que un sargento de caballería. Recibe a las tres chicas en una crisis de mal humor, y sin más explicaciones les da una tarjeta con una dirección para que vayan a conocer su nueva propiedad. Cuando por fin logran encontrarla después de una complicada búsqueda, están a punto de desmayarse de desilusión. Es una gasolinera en el más lamentable estado de abandono. Y para colmo de desgracias, situada en una calle de poco tránsito.
En efecto, el tío solterón, enfermo en sus últimos años, no solo había descuidado el negocio, sino que lo hipotecó a última hora para atender a los gastos del funeral. Es decir: más que una propiedad, las tres chicas han heredado una deuda.
Consternadas, se dan cuenta de que les está vedado inclusive el recurso de renunciar a la herencia. Por una parte, no están dispuestas a hacer el ridículo de regresar a sus lugares de origen con las manos vacías. Por otra parte, que es por donde deben haber comenzado, el dinero que tienen apenas alcanza para los pasajes de regreso.
El momento de infortunio es roto por el claxon de un lujoso Cadillac cuyo propietario, ignorante de que la gasolinera no está en servicio, espera que le resuelvan un problema grave. Su coche, y no hay más que verlo para darse cuenta, está a punto de incendiarse, envuelto en una espesa cortina de humo que más bien parece un recurso de guerra que una avería de motor. Anita busca afanosamente un teléfono para llamar a los bomberos, Lucha, también ofuscada, consigue una cubeta de agua, y en vez de echarla en el radiador se la echa al coche en la carrocería, como si en realidad se tratara de apagar un incendio.
Meche, la más serena, animada siempre por la idea de demostrar la superioridad de los hombres, es la única que hace lo que se debe hacer: destapa el radiador y le echa agua. Luego, recordando que su viejo coche sufrió un desperfecto similar cuando se le rompió la banda del ventilador, descubre el origen del daño. Entonces le dice al conductor que se vuelva de espaldas y cuenta hasta diez. Cuando este lo hace, el coche está arreglado. Sencillamente, Meche se quitó el liguero y sustituyó con él la banda rota. Tal vez el coche no irá muy lejos, pero por ahora el problema está resuelto.
El conductor, cuyos aires de funcionario atareado se advierten al primer golpe de vista, se deshace en frases de gratitud, y les deja a las chicas una sabrosa propina.
Ellas mismas no creen en el milagro. Pero Meche reacciona. Comprendiendo que con un poco de ingenio y otro poco de perseverancia se le puede sacar partido hasta a una gasolinera, resuelve por todas que hay que quedarse con el negocio. No cree, de veras, que cueste mucho trabajo.
—Cómo será de fácil —dice— que hasta los hombres lo pueden hacer.