El cruce de elogios entre Gabriel García Márquez y José Saramago
La admiración mutua entre García Márquez y Saramago, dos de los escritores más importantes del siglo XX.
Cuando José Saramago fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en octubre de 1998, muchas voces destacadas del campo literario internacional se pronunciaron para reconocer el acierto de la Academia Sueca. Una de ellas fue la de Gabriel García Márquez. Pocos días después del anuncio, el novelista colombiano publicó una breve nota en la que celebraba la noticia como un hito que contribuía a hermanar a los narradores portugueses y brasileños con sus colegas en lengua española. De hecho, contó que el premio alegraba tanto a los españoles y latinoamericanos que el jurado de otro premio importante, el Cervantes, debería considerar entre sus candidatos a los escritores en lengua portuguesa.
“José Saramago es uno de los escritores grandes de este siglo y su premio Nobel es uno de los más justos. El júbilo que esto ha causado en los países de lengua castellana, como si fuera un triunfo nuestro, confirma lo que algunos escritores venimos diciendo desde hace tiempo: la literatura iberoamericana es una sola. Por eso hemos propuesto tantas veces que se tome en cuenta a portugueses y brasileños para el premio Cervantes”, afirmó Gabo.
El autor de Cien años de soledad también se refirió al rechazo que produjo el premio en Juan Pablo II y otras autoridades eclesiásticas del Vaticano, quienes tildaron a Saramago de “comunista recalcitrante”. “La nota pintoresca de esta vez es que a Saramago lo haya condenado el mismo Papa que reivindicó a Galileo después de cuatro siglos. Quizás dentro de otros cuatro un Papa nacido en la Luna o en Saturno reivindicará también a Saramago. ¡Si Dios quiere!”, expresó con su acostumbrado sentido del humor.
No era la primera vez que uno de los dos nobeles manifestaba públicamente su admiración por el otro. En los últimos años habían consolidado una relación cordial mediada por la conversación, las afinidades políticas y el gusto por la ficción. En sus Cuadernos de Lanzarote, en un aparte correspondiente al 25 de nayo de 1993, Saramago registró una comida de tres horas que tuvo en Madrid junto a Pilar del Río, García Márquez y Mercedes Barcha. “Se habló de todo”, escribió, “de las elecciones españolas, de la situación social y política portuguesa, del estado del mundo, de libros, de editores, de Paz y Vargas Llosa, etcétera. Mercedes y Pilar estuvieron de acuerdo en pertenecer al Departamento de los Rencores, dejando a sus respectivos maridos el papel simpático y superior de quien está por «encima de eso»”.
Dieciséis años después de aquel encuentro, el 3 de agosto de 2009, Saramago volvió a dejar por escrito sus impresiones sobre Gabo. Esta vez lo hizo en su blog personal, el cual sería editado de manera póstuma bajo el título de El último cuaderno. La entrada es uno de los elogios más personales que un nobel de literatura le ha hecho a García Márquez y se centra el “trauma” que Cien años de soledad le ocasionó al luso:
“Los escritores se dividen (imaginando que aceptaran ser divididos…) en dos grupos: el más reducido, el de aquellos que fueron capaces de abrirle a la literatura nuevos caminos; el más numeroso, el de los que van detrás y se sirven de esos caminos para su propio viaje. Es así desde el principio del mundo y la (¿legítima?) vanidad de los autores nada puede contra las claridades de la evidencia. Gabriel García Márquez usó su ingenio para abrir y consolidar la vía del después mal llamado «realismo mágico», por donde avanzaron más tarde multitudes de seguidores y, como siempre sucede, los detractores de turno. El primer libro suyo que me llegó a las manos fue Cien años de soledad y el choque que me causó fue tal que tuve que parar de leer al cabo de cincuenta páginas. Necesitaba poner algún orden en mi cabeza, alguna disciplina en el corazón, y, sobre todo, aprender a manejar la brújula con la que tenía la esperanza de orientarme ante mis ojos. En mi vida de lector han sido poquísimas las ocasiones en que se ha producido una experiencia como ésta. Si la palabra traumatismo pudiese tener un significado positivo, de buen grado la aplicaría al caso. Pero, ya que ha sido escrita, aquí la dejo. Espero que se entienda”.