4 textos de Gabriel García Márquez para leer con una flor en la mano

Cuatro textos del escritor colombianos protagonizados por las flores.

Gabriel García Márquez y las flores amarillas
Por:
Centro Gabo

La vida y obra de Gabriel García Márquez están repletas de flores. Desde sus primeras notas de prensa hasta En agosto nos vemos, su novela póstuma. Para el autor colombiano, la presencia de flores, especialmente las de color amarillo, conjuraba de forma efectiva la mala suerte y servía para estimular la creatividad. Todas las mañanas, antes de que sentarse a escribir, su esposa dejaba una rosa amarilla sobre el escritorio. El día en que esa flor no estaba cerca, las historias se estancaban. “No soy muy creyente, pero soy supersticioso. Cuando no hay Dios, hay supersticiones. Yo y mi rosa amarilla. Cuando ella está en su florero, sobre mi escritorio, nada malo me puede pasar”, le contó el escritor a la revista francesa Lui en noviembre de 1986.

Las flores también acompañan a muchos personajes memorables de Gabo. En Cien años de soledad, por ejemplo, la muerte de José Arcadio Buendía, el patriarca fundador de Macondo, produce una lluvia de minúsculas flores amarillas que cubre los tejados y tapiza todas las calles del pueblo. Catarino, otro personaje recurrente de la novela, es descrito siempre con un clavel en la oreja, rasgo distintivo que García Márquez tomó de un cocinero que conoció a mediados del siglo XX en el mercado público de Getsemaní, cuando trabajaba como periodista del diario El Universal de Cartagena. En la rutina que cumple Ana Magdalena Bach, la protagonista de En agosto nos vemos, nunca falta el ramo de gladiolos que ella pone sobre la tumba de su madre después de desembarcar, cada 16 de agosto, en una isla del Caribe.

En el Centro Gabo hemos seleccionado cuatro textos escritos por García Márquez en donde las flores juegan un papel importante. Los compartimos contigo:

 

“Cómo sufrimos las flores”

 

Publicada el 9 de diciembre de 1981 en El País (España) y El Espectador, “Cómo sufrimos las flores” es una columna que reflexiona sobre los sentimientos de las flores a partir de los experimentos de Cleve Backster, un ex funcionario de la CIA que en 1966 intentó demostrar, mediante el uso de un galvanómetro, la capacidad de las plantas para detectar y responder a los pensamientos y emociones humanas. A las premisas y conclusiones de Backster, García Márquez agrega ejemplos literarios que toma de William Faulkner, Bram Stoker y las hermanas Brontë. 

 

En efecto, la conducta humana de las flores y de las plantas se encuentra establecida en la poesía de siempre, tanto en la buena como en la mala. Es difícil acordarse de las hermanas Brontë sin evocar en algunas de sus páginas más bellas una tibia fragancia de mimosa al atardecer. Mimosa púdica, porque sus hojas se retraen, incluso sin que nadie las toque, con el simple paso de una sombra. Nadie tendrá derecho a creerse poeta si no comparte con las hermanas Brontë la idea de que el olor de las mimosas es un ánima en pena que vuelve al mundo de los vivos en busca de una persona amada. En alguno de mis libros me apropié de esa idea con todo el derecho de mi grande admiración. “El jazmín es una flor que sale”, escribí, sin que nadie hasta ahora me lo haya reprochado. De la novela más hermosa de William Faulkner conservo el recuerdo persistente de una guía de glicinas a la ventana en una tarde de verano ardiente. Siempre he vuelto con el mismo estupor a la leyenda del conde Drácula, tal como Bram Stoker la implantó para siempre en la literatura; pero lo que más me sigue impresionando de esa obra maestra pavorosa no es la condición sobrenatural del vampiro, su facultad de desembarcar en el puerto de Londres convertido en perro, sino la zozobra que causaban en su ánimo las flores del acónito.

 

Alguien desordena estas rosas

 

La historia del fantasma de un niño que desordena las rosas que una mujer cultiva en su huerto. Esta mujer, amiga del niño cuando aún vivía, habita la casa del muerto durante décadas y lo recuerda todos los días. El cuento se publicó el 2 de diciembre de 1950 en Crónica, un semanario barranquillero en el que García Márquez era jefe de redacción. Veintitrés años más tarde, el 24 de junio de 1973, fue publicado por el diario El Tiempo y en 1974 se incluyó en la compilación de cuentos tempranos del autor titulada Ojos de perro azul.

 

Desde hace tres o cuatro domingos estoy tratando de llegar hasta las rosas, pero ella ha permanecido vigilante frente al altar; vigilando las rosas con una sobresaltada diligencia que no le había conocido en los veinte años que lleva de vivir en la casa. El domingo pasado, cuando salió a buscar la lámpara, logré componer un ramo con las mejores rosas. En ningún momento he estado más cerca de realizar mi deseo. Pero cuando me disponía a regresar a la silla oí de nuevo las pisadas en el pasadizo, ordené brevemente las rosas en el altar; y entonces la vi aparecer en el vano de la puerta con la lámpara en alto.

     Tenía puesto el saquito oscuro y las medías rosadas, pero había en su rostro algo como la fosforescencia de una revelación. No parecía entonces la mujer que desde hace veinte años cultiva rosas en el huerto, sino la misma niña que en aquella tarde de agosto trajeron a la pieza vecina para que se cambiara de ropa y que regresaba ahora con una lámpara, gorda y envejecida, cuarenta años después.

 

Orquídeas para Chicago

 

Una de las “Jirafas” que escribió García Márquez durante su etapa en El Heraldo de Barranquilla. Fue publicada bajo el seudónimo “Septimus” el 25 de julio de 1950. Trata sobre los distintos productos que el gobierno colombiano de entonces envió a los Estados Unidos para una exhibición comercial en Chicago. En esa muestra, entre toneladas de cigarros, telas, minerales y otros objetos de origen nacional, destacaban las orquídeas, que el joven escritor describió como flores arribistas y aristocráticas, completamente opuestas a la flor de la batatilla, digna representante de los sectores populares que no viajó a Illinois.

 

De un aeródromo colombiano salió ayer un avión con rumbo a Nueva Orleans. Allá pasaría la noche, en un oscuro rincón de la bodega, entre la carga que se entrecruza de todas las rutas del mundo para todas las rutas del mundo, la extraña mercancía que transportaba. Y a estas horas, esa extraña mercancía será puesta en otro rincón del ferrocarril Expreso Mississippi y conducida a Chicago. ¿Sucederá después algo interesante? La extraña mercancía -y tal vez he dicho «extraña» desde el principio por decir cualquier cosa- va destinada al stand que Colombia instalará en la exposición que se lleva a efecto en la gran ciudad de Illinois.

     Son cuatro toneladas de cigarros, de telas, de minerales y de otros objetos de origen nacional, que sirvan, siquiera, para que los asistentes a la feria descubran sorprendidos que nuestro país produce, al contrario de lo que ellos creían, algo más y mejor que oradores parlamentarios.

     Y van orquídeas de Colombia, esas flores arribistas que se dan silvestres en las faldas de nuestras cordilleras; que casi siempre asisten a una muerte tardía y aristocrática en ojales y descotes y que constituyen una especie de adversarios políticos de la sencilla y modesta flor de la batatilla, que anda suelta por todas las antologías poéticas de nuestro país, pero que no tuvo suficientes méritos para viajar a Chicago. Los asistentes a la feria, al detenerse frente a nuestro stand, se acordarán de las cartillas turísticas que vieron alguna vez y en las cuales aparecía un cordón de murallas invitando a Cartagena; una pista de bailes, con cinematográficas palmeras al fondo, invitando a Barranquilla, y tal vez un borriquito seguido de un campesino con ruana y alpargatas, que sólo habrá servido para complicar la noción que de nuestro país podrán tener en Chicago, muchos de cuyos habitantes considerarán a Colombia como una provincia de Chile o de Bolivia.

 

Rosas artificiales

 

Un cuento corto que aprovecha las lecciones que García Márquez aprendió en sus lecturas de la obra de Ernest Hemingway. Narra la historia de Mina —una joven que elabora rosas artificiales a partir de alambre, papel elástico y goma— y su abuela ciega. A pesar de su limitación visual, la anciana del relato, como la Úrsula Iguarán de Cien años de soledad, posee una clarividencia especial en los asuntos del corazón y es por eso que advierte el amorío secreto de su nieta. Siguiendo la teoría narrativa del iceberg, en el que lo más esencial de la historia apenas se menciona (y es deber del lector inferirlo), García Márquez teje una trama amores y desaires clandestinos.

“Rosas artificiales” fue escrito en 1958, mientras el autor colombiano residía en Caracas, y se publicó en abril de 1962, dentro del libro de cuentos Los funerales de la Mamá Grande.

 

—Ha tenido que trabajar mucho en estos días —dijo la ciega.

     —Son ciento cincuenta docenas de rosas que tengo que entregar en la Pascua —dijo Mina.

     El sol calentó temprano. Antes de las siete, Mina instaló en la sala su taller de rosas artificiales: una cesta llena de pétalos y alam­bres, un cajón de papel elástico, dos pares de tijeras, un rollo de hilo y un frasco de goma. Un momento después llegó Trinidad con su caja de cartón bajo el brazo, a preguntarle por qué no había ido a misa.

     —No tenía mangas —dijo Mina.

     —Cualquiera hubiera podido prestártelas —dijo Trinidad.

     Rodó una silla para sentarse junto al ca­nasto de pétalos.

     —Se me hizo tarde —dijo Mina.

     Terminó una rosa. Después acercó el ca­nasto para rizar pétalos con las tijeras. Tri­nidad puso la caja de cartón en el suelo e intervino en la labor.

     Mina observó la caja.

     —¿Compraste zapatos? —preguntó.

     —Son ratones muertos —dijo Trinidad.

     Como Trinidad era experta en el rizado de pétalos, Mina se dedicó a fabricar tallos de alambre forrados en papel verde. Trabajaron en silencio sin advertir el sol que avanzaba en la sala decorada con cuadros idílicos y foto­grafías familiares. Cuando terminó los tallos, Mina volvió hacia Trinidad un rostro que parecía acabado en algo inmaterial. Trinidad rizaba con admirable pulcritud, moviendo apenas la punta de los dedos, las piernas muy juntas. Mina observó sus zapatos masculinos. Trinidad eludió la mirada, sin levantar la cabeza, apenas arrastrando los pies hacia atrás e interrumpió el trabajo.

     —¿Qué pasó? —dijo.

     Mina se inclinó hacia ella.

     —Que se fue —dijo.