Macondo, la finca bananera que existió antes de que naciera Gabriel García Márquez

La finca de la United Fruit Company que inspiró el nombre del pueblo imaginario de García Márquez.

Foto archivo Fundación Gabo / John Pinto
Foto archivo Fundación Gabo / John Pinto
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Centro Gabo

En 1928, un año después del nacimiento de Gabriel García Márquez, la United Fruit Company encargó el diseño de un mapa en el que se señalaran las fincas bananeras que funcionaban en el norte del Magdalena. En aquel plano, a orillas del río Sevilla, se encontraba una finca llamada Macondo. Ocupaba un área de trescientas treinta y seis hectáreas, lo cual la convertía en uno de los terrenos de mayor extensión bajo el dominio de la compañía bananera.

Debido a la corta distancia que había entre esta finca y Aracataca —se hallaba a diez minutos en tren—, García Márquez tuvo la oportunidad escuchar varias veces el nombre de Macondo durante su infancia. Sin embargo, no fue hasta febrero de 1950 que aquella palabra le produjo una extraña fascinación. El joven escritor, que entonces tenía veintidós años, la vio desde las ventanas del vagón del tren, escrita sobre el portal de la finca bananera, poco antes de llegar a la estación de Aracataca. Es un testimonio que puede leerse en sus memorias, Vivir para contarla, cuando el autor reconstruye el célebre viaje con su madre para vender la casa de los abuelos maternos:

 

El tren hizo una parada en una estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo. Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni me pregunté siquiera qué significaba. Lo había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyika existe la etnia errante de los macondos y pensé que aquél podía ser el origen de la palabra. Pero nunca lo averigüé ni conocí el árbol, pues muchas veces pregunté por él en la zona bananera y nadie supo decírmelo. Tal vez no existió nunca.

 

Desde aquel instante, la palabra reclamó un lugar especial en su universo narrativo y adquirió con ello una fama mundial. El mítico pueblo fundado por José Arcadio Buendía a orillas de un río de aguas diáfanas, fue mencionado en gran parte de la obra literaria de García Márquez. Aparece en las novelas La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Cien años de soledad, y en cuentos como “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, “Un día después del sábado” y “Los funerales de la Mamá Grande”.

La finca, en cambio, fue reduciendo su tamaño y perdiendo su importancia con el tiempo, especialmente desde que la United Fruit Company dejó la zona y las vías férreas dieron paso a los automóviles y las carreteras. Actualmente, lo único que sobrevive de ese Macondo real es un letrero de metal, levantado a un costado de un sendero sin asfaltar en el corregimiento de Guacamayal. No es el letrero que el escritor vio en 1950, sino otro que fue creado muchas décadas después. Allí, en spanglish, todavía puede leerse: “I love al verdadero Macondo. Tierra de inspiración que dio origen al mágico mundo macondiano. Tierra fértil y bendecida por Dios a orillas del río Sevilla”.

Hoy en día, más que el nombre de una finca, un pueblo imaginario o un árbol tropical, Macondo es una experiencia universal que toma sentido y forma particular en cada lector de García Márquez. Gabo ofreció una definición inmejorable de este concepto durante su conversación con el periodista Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba (1982). “Macondo, más que un lugar del mundo, es un estado de ánimo”, sentenció.