J.S Bach en cinco apuntes de Gabriel García Márquez
Cinco reflexiones del escritor colombiano sobre el músico alemán Juan Sebastián Bach.
Escuchar la música de Juan Sebastián Bach era uno de los grandes placeres de Gabriel García Márquez. Aunque siempre fue de conocimiento público su fascinación por la obra de Béla Bartók, Bach ocupaba un lugar especial dentro de sus obsesiones musicales, hasta tal punto que declaró en varias entrevistas y notas de prensa que las Suites para chelo solo serían las únicas composiciones que llevaría consigo en caso de ser abandonado en una isla desierta.
Esta predilección por el compositor alemán es notable en sus novelas. El anciano sabio de Memoria de mis putas tristes, por ejemplo, suele apaciguar sus ánimos perturbados por el calor y la vejez oyendo las seis suites de chelo solo de Bach en la versión del músico catalán Pau Casals. “Las tengo como lo más sabio de toda la música”, afirma el personaje en un pasaje del libro. Curiosamente, estas suites interpretadas por Casals eran las que más le gustaban al autor colombiano.
En agosto nos vemos, la novela póstuma de García Márquez, es tal vez la obra que más rinde tributo al creador de la Tocata y fuga en re menor: desde el nombre de su protagonista, Ana Magdalena Bach (el mismo nombre de la segunda esposa de J.S Bach), hasta la estructura del libro: un texto de seis capítulos en los que la trama, enriquecida por numerosas canciones y agrupaciones musicales, se diversifica en torno a una misma circunstancia al modo de las variaciones sobre un mismo tema, como las Variaciones Goldberg.
En el Centro Gabo hemos seleccionado cinco apuntes de Gabriel García Márquez sobre Juan Sebastián Bach. Los compartimos contigo:
1. Una suite para la isla desierta
En una de esas encuestas que proliferan a diario me han preguntado, como tantas veces, cuál es la música que me llevaría, si sólo pudiera llevarme un disco, a una isla desierta. No he dudado un instante la respuesta: las Suites para chelo solo, de Juan Sebastián Bach; y si sólo pudiera llevarme una de ellas, escogería la número uno. Conozco distintas versiones, y entre ellas, por supuesto, la de Pau Casals. Además de su valor histórico, es una versión excelente, pero la grabación es tan antigua que es mucho lo que se pierde de su excelencia. En realidad, la versión que más me conmueve es la de Maurice Gendron, y por consiguiente sería ésta la que me llevaría a la isla desierta.
“Bueno, hablemos de música”. Artículo de Gabriel García Márquez publicado en El País y El Espectador, 1 de diciembre de 1982.
2. J.S para clave y piano
He escuchado tanta música como he podido conseguir, sobre todo la romántica de cámara que tengo como la cumbre de las artes. En México, mientras escribía Cien años de soledad —entre 1965 y 1966—, sólo tuve dos discos que se gastaron de tanto ser oídos: los Preludios de Debussy y Qué noche la de aquel día, de los Beatles. Más tarde, cuando por fin tuve en Barcelona casi tantos como siempre quise, me pareció demasiado convencional la clasificación alfabética, y adopté para mi comodidad privada el orden por instrumentos: el chelo, que es mi favorito, de Vivaldi a Brahms; el violín, desde Corelli hasta Schönberg; el clave y el piano, de Bach a Bartók. Hasta descubrir el milagro de que todo lo que suena es música, incluidos los platos y los cubiertos en el lavadero, siempre que cumplan la ilusión de indicarnos por dónde va la vida.
Vivir para contarla, 2002.
3. Bach, a pesar del bolero
Hablar de música sin hablar de los boleros es como hablar de nada. Pero también eso es motivo para una nota distinta, y tal vez interminable. En este género, Colombia tiene un mérito que sólo Chile le disputa, y es la de haberse mantenido fiel al bolero a través de todas las modas, y con una pasión que sin duda nos enaltece. Por eso debemos sentimos justificados con la noticia cierta de que el bolero ha vuelto, que los hijos les están pidiendo con urgencia a sus padres que les enseñen a bailarlo para no ser menos que los otros en las fiestas del sábado, y que las viejas voces de otros tiempos regresan al corazón en los homenajes más que justos que se rinden en estos días a la memoria inmemorial de Toña la Negra. Sin embargo, y sin ninguna duda, mi respuesta a la pregunta de siempre fue muy bien pensada y sincera: el disco que me llevaría a una isla desierta es la Suite número uno para chelo solo, de Juan Sebastián Bach. Terco que es uno.
“Bueno, hablemos de música”. Artículo de Gabriel García Márquez publicado en El País y El Espectador, 1 de diciembre de 1982.
4. La música preferida de las plantas
Parece demostrado que los sonidos armónicos influyen en el crecimiento de algunas plantas. Los autores que prefieren en su estado más primario son Johann Sebastian Bach y, en general, los más barrocos. Pero es posible refinarles el gusto, hasta lograr que experimenten un éxtasis real con Bartók o Schönberg. En cambio, parece que las plantas de hoy detestan el acid rock, y que sus estridencias hacen disminuir el tamaño de sus hojas.
“Cómo sufrimos las flores”. Artículo de Gabriel García Márquez publicado en El País y El Espectador, 9 de diciembre de 1981.
5. La “B” de los más grandes
No olvidaré nunca aquel día memorable de 1963, en México, cuando oí por primera vez de un modo consciente una canción de los Beatles. A partir de entonces, descubrí que el universo estaba contaminado por ellos. En nuestra casa de San Ángel, donde apenas si teníamos donde sentarnos, había sólo dos discos: una selección de preludios de Debussy, y el primer disco de los Beatles. Por toda la ciudad, a toda hora, se escuchaba un grito de muchedumbres: «Help, I need somebody». Alguien volvió a plantear por esa época el viejo tema de que los músicos mejores son los de segunda letra de catálogo: Bach, Beethoven, Brahms y Bartók. Alguien volvió a decir la misma tontería de siempre: que se incluyera a Bozart. Álvaro Mutis, que como todo gran erudito de la música tiene una debilidad irremediable por los ladrillos sinfónicos, insistía en incluir a Bruckner. Otro trataba de repetir otra vez la batalla de Berlioz, que yo libraba en contra porque no podía superar la superstición de que es un oiseau de malheur, es decir, un pájaro de mal agüero. En cambio, me empeñé desde entonces en incluir a los Beatles.
“Sí: la nostalgia sigue siendo igual que antes”. Artículo de Gabriel García Márquez publicado en El País y El Espectador, 16 de diciembre de 1980.